Tengo un compromiso con mi niña interior para dedicarle todos los días al menos, una hora para escribir. Es un propósito que surgió este año después de arduas reflexiones acerca de mi camino de vida. Y el día de hoy procurando cumplir con mi propósito, de pronto me sentí vacía de ideas. Y no es que esto me sea extraño. En realidad, creo que es un lugar común para casi todos los escritores.
Sentarme a escribir hoy supone enfrentarme con la temida hoja en blanco, después de años de
decirme a mí misma lo fácil que me resulta escribir.
Pero esto es tan sólo un mito, una historia que los escritores nos contamos en
secreto a nosotros mismos. No es que sea fácil escribir, es que la expresión
escrita es nuestro primer hábito.
Me abrí a las infinitas posibilidades –una de mis frases
predilectas-. Tengo demasiadas ideas rondándome la mente en estos momentos.
Necesitaba quedarme algunos minutos a solas y en silencio; sin ver, escuchar ni
decir nada a nadie. Entrar en el silencio,
otra frase interesante. Pero sólo era el preludio necesario para que por fin
surgiera la idea que me llevara de la
mano el día de hoy hacia la consecución de mi objetivo diario: escribir.
Y me doy cuenta
mientras escribo, que así ha sido siempre o casi siempre mi faena frente al
ordenador, o la antigua máquina de escribir. Porque sí, lo admito: yo
pertenezco a la generación de escritores que escribió sus primeros cuentos a
mano o en una Olivetti. Y añoro esos tiempos en los que creía que todo era
menos complicado.
Frecuentemente, me sentaba a escribir después de algún sueño
o de haber escuchado alguna conversación incidental y pasajera. El eco de las
palabras seguía resonando dentro de mí, todavía sin ningún sentido, pero en el
núcleo de aquellas voces latía una idea,
una posibilidad infinita deseando manifestarse.
Confieso que pasé muchos años sumida en silencio literario. Tampoco sé si realmente es una enfermedad o
simplemente, un recodo en el camino de cualquier escritor que busca su propio
sentido de escribir. Y me parece que es precisamente, de eso de lo que se trata
la idea, de encontrar el sentido de
lo inusitado.
Cuando volví a escribir después de la Trilogía de la Tierra Arcana, sin darme cuenta habían pasado más
de diez años. Me sorprendo a mí misma cuando lo pienso. ¿Qué pasó durante todo
ese tiempo? ¿A dónde se había ido la Musa? ¿O es que acaso, la que se había ido
era yo? Todavía no tengo una respuesta suficientemente clara para ninguna de
estas preguntas. Tan sólo quiero seguir el hilo de esta Idea maravillosa: la posibilidad de hallarme de nuevo tejiendo una
historia que busca su propio sentido.
Ahora no le temo al silencio; quizás lo he buscado con
demasiado ahínco. Porque sé que es desde su centro de donde brotan todas las
historias que he contado, todas las historias que se contaron y las que se han
de contar. Sin embargo, reflejo mi imperiosa atracción por ese deseo de dejar
de hablar y escuchar.
Escuchar para que brote la palabra que está naciendo en el
seno del silencio, animada por una Idea
insólita y errabunda. Estas Ideas son como cometas que pasan sólo una vez cada
cientos de miles de años.
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