viernes, 26 de febrero de 2021

CARTA PARA ROSEMARIE

 




Hace algunos días recordé mi primer viaje a Grecia. Anduve buscando las fotos de aquella experiencia tan hermosa en mi vida y me encontré inesperadamente con una carta; un mensaje que escribí a mi hermana Rosemarie, contándole las anécdotas de aquel viaje.

Me sorprendí de leer cada detalle del viaje, narrado como lo habría hecho Agatha Christie, sin el asunto crucial del suspenso y el crimen. Pero lo que más me sorprendió fue la nitidez de la memoria, de los detalles, de las sensaciones captadas, mejor de lo que lo habría hecho cualquier fotografía.

Fue realmente un regalo para mí el hallazgo de este mensaje; puesto que justo por aquellos días mi hermana –que en paz descanse-, habría celebrado su onomástico. Su ausencia es algo que todavía no soy capaz de definir; no imagino quién sería capaz de explicar cuánto se puede extrañar a alguien tan esencial en nuestra vida.

Precisamente por eso, para recordarla, pero también para reconectar con esa esencia de su hermosa alma, quiero reproducir aquí los detalles de aquella carta. Mi gratitud siempre al Eterno Retorno que la trajo de vuelta.

Hola mi hermana bella:

Estoy recién llegada de mis vacaciones a Grecia. ¡Fue maravilloso! Tengo unas fotos increíbles que voy a bajar a la computadora y te las voy a enviar para que veas qué hermoso es. Estoy tan contenta todavía que me alegro de que no se me haya pasado al volver aquí.

Te cuento cómo fue mi viaje: Llegué a Atenas, vía Zurich, el domingo a las 12 de la noche; debo decir que esos suizos son súper puntuales en los horarios de los vuelos, muy responsables y excelente servicio a bordo.

Yo había hecho una reserva en un buen hotel para cinco noches en Atenas, pero resulta que llegué a las 12 de la noche, y yo no contaba con que esa era una noche más; así que no tenía reserva para esa noche.

Pero el encargado, que se llamaba Antonio –un tipo muy simpático-, me ayudó a conseguir habitación en otro hotel cercano para esa misma noche. Fue súper amable. Pero el hotel en el que me consiguió la habitación resultó ser la Casa de los Monsters. Pasé la noche en vela, como te imaginarás. La calle de ese hotel, era la calle de Fredy Kruger. En fin, la primera noche en Atenas fue una odisea.

Por la mañana, muy temprano me levanté para dar un paseo por la ciudad y conocer la Acrópolis y el Ágora antigua. Me fui caminando por la misma calle del horror de la noche anterior, que por la mañana se había transformado en un mercado pakistaní.

La calle era un mercado que olía a especias. ¡Increíble, la transformación de la noche al día!

Ese domingo muy temprano, me fui con mi mapa en la mano caminando por las calles de Atenas. Había una luz impresionante, un sol deslumbrante y comenzaba a hacer calor. Llegué al Ágora romana primero, y La Torre de los vientos; restos arqueológicos de la época romana.

El barrio donde están estos monumentos es precioso; es el barrio de Plaka, la zona más antigua de Atenas. También hay un mercadillo en sus callejuelas, pero es más mediterráneo, más turístico también. Y hay un trenecito que pasea a los turistas por todo el recinto; como el trenecito del Parque del Este en Caracas, no sé si te acuerdas. Le hice una foto también para que lo veas.

Llegado el mediodía me subí a la Acrópolis para ver el Partenón y el Erecteón con las escultóricas Cariátides. Tomé miles de fotos. Es mágico ese lugar. Desde cualquier terraza de Atenas se puede contemplar la Acrópolis enclavada en lo alto de una colina. ¡Preciosa!

Antes de que se hiciera mediodía regresé a la Casa de los Monters para recoger mi maleta y cambiarme a mi hotel. La diferencia fue del día a la noche. Mi hotel, aunque de 3 estrellas era súper pulcro, todo pintadito bello. La habitación que me dieron estaba impecable. El baño súper amplio, con secador de pelo y todo. Y una terracita que daba a la Acrópolis, en la última planta.

¿Te imaginas cómo me sentía allí? ¡Súper cómoda y feliz! En una cama grandota, como la mía de Madrid, con sábanas que olían rico y una neverita. El suelo impecable; yo caminaba descalza y los pies nunca se me ensuciaban. ¡De lo mejor!

Después me fui a comer por el mismo barrio de Plaka, comida típica griega. Comí Mousaka. Le llaman así a una especie de polenta con papas, bechamel y verduras –creo que berenjenas-, que estaba para chuparse los dedos.

En el camino conocí un marchante uruguayo afincado en Atenas, muy simpático, que me invitaba cada vez que me veía. En el paseo por los alrededores vi varias iglesias ortodoxas. Son pequeñitas, muy coquetas; tomé también algunas fotos. Y vi, ahora más relajada, el Mercado de Plaka.

Por la noche llegué al hotel súper cansada. Me di una ducha y cené en un bar que me había recomendado el taxista que me llevó al hotel la noche anterior. Me pedí una ensalada griega con queso feta, tomates, aceitunas, cebollas moradas, pimientos y mucho aceite de oliva; (que en Grecia es puro 99% virgen), con unos lomitos de cerdo, hermana, ¡que estaban para chuparse los dedos! ¡Una cena deliciosa!

Comen muy bien los griegos, y son gente muy cariñosa y cercana. No me intentaron timar nunca y siempre me recomendaban cosas buenas. Yo me sentía bastante protegida, a pesar de que viajé sola. Todo el mundo en el hotel estaba súper pendiente de mí. Y cuando salía por ahí a pasear la gente me trataba con mucho cariño.

Esa segunda noche, como había caminado mucho y hacía mucho calor, estaba muy cansada y me acosté pronto, porque a la mañana siguiente tenía concertada una excursión para ir hasta el Cabo Sunión, a ver el Templo de Poseidón.

Pasarían a recogerme al mediodía, así que tenía tiempo para ir al Museo Arqueológico, que quería ver porque allí hay muchas piezas de arte clásico que me interesaba ver. Eran tres plantas enormes de grandes; me llevó toda la mañana recorrerlo. Y cuando llegué al hotel estaba extenuada.

El viaje al Cabo Sunión era cerquita, una media hora pasando por la Avenida del Pireo. El Templo de Poseidón es impresionante, está muy bien conservado. En la excursión había muchas personas que venían de Latinoamérica, sobretodo, argentinos.

Pero fue al día siguiente, en la excursión a Micenas y Archova donde conocí a un grupo de cuatro mujeres jubiladas; yo las llamé Las chicas de Oro; porque eran cuatro septuagenarias, cachondas, súper cómicas. Me reí muchísimo con ellas y sus historias. Venían de un viaje largo, desde Viena y Praga hasta Turquía, y habían dedicado los tres últimos días a visitar Grecia.

Íbamos en el autobús muertas de la risa. El paseo constaba de ir primero a Corinto, adonde vimos el Canal y la Antigua ciudad. Luego, una parada para hacer algunas fotos. Y pasamos por las antiguas Murallas de Tirinto, el Bosque de Dafne, ¡precioso! Y en camino hacia la tumba de Agamenón, el Tolo, como le llaman en Micenas.

Luego, vimos el Palacio; los restos que quedan y que están en lo alto de una colina en la ciudad de Archova, que es preciosa, hermana. Teníamos una guía muy amena, que hablaba perfectamente español y nos iba contando la historia de los reyes micénicos. También hicimos una visita al Museo de Micenas, pero allí no tienen muchas piezas.

Y finalmente, al teatro de Epidauro, en medio de la montaña; que todavía usan como escenario de obras de teatro y danza. Es un recinto inmenso, con un aforo de más de 20 mil personas.

Ese día nos dieron también el almuerzo incluido en el paseo. Y regresamos a Atenas temprano, antes de las 7 de la tarde. Así que me fui a dar una vuelta por el centro y me volví a encontrar con el uruguayo y unos amigos suyos. Me invitaron a sentarme con ellos y me quedé allí tomándome unas copas hasta tarde. Como me daba un poco de cague irme sola al hotel, uno de ellos fue súper caballeroso y me acompañó caminando hasta la puerta de mi hotel.

A la mañana siguiente tenía que levantarme otra vez, súper temprano, porque había concertado varios tours por los alrededores. Lo que quería conocer eran las ruinas de Delfos y allí nos llevaron en autocar; Esta vez no venían las Chicas de Oro, que ya se habían ido de regreso a Argentina.

El camino era más largo pero el paisaje valió la pena. ¡Bellísimo! Verde, lleno de bosques frondosos, en flor, montañoso. El norte de Grecia es más frondoso que el Sur, adonde fui el día anterior; que es más rocoso y seco.

En tres horas habíamos llegado a Naufplio, un precioso pueblo en la montaña. ¡Hermana, como de cuento! Con casitas de techos rojos y escalinatas empinadas, ¡era bellísimo! Lo que te diga es poco. Creo que tengo algunas fotos, porque allí no paramos. Pero la próxima vez que vaya a Grecia pienso quedarme allí un par de días, porque es bellísimo.

Luego, la excursión nos llevó al Templo de Apolo en Delfos. Es un recinto bastante más grande y mejor conservado aún que el Palacio de Micenas. Primero pasamos por la estrada o el Camino de las Procesiones que va en ascenso; pues el templo está enclavado en la montaña, en lo alto de un precipicio, y rodeado de árboles y laureles, el árbol de Apolo. ¡Impresionante, hermana!

Luego vimos el Tholos, que yo la verdad no lo vi muy claramente; estaba en la parte de debajo de la colina y hasta allí no llegaba la excursión. Pero sí que se podía ver desde el Templo y también el Thesauro de los atenienses; otro templete donde se guardaban las arcas de ofrendas, todo bastante bien conservado.

Y el Teatro; en casi todos los complejos religiosos había uno. Era también grande, pero no tanto como el de Epidauro. El Museo estaba muy cerca y tenía muchas más piezas que pertenecían al templo; todas las que los griegos pudieron salvar de la rapiña de los ingleses, los franceses, etc.

Después fuimos a comer a una posada súper bonita, rodeada de flores adelfas, con aire acondicionado, muy conveniente, porque el calor era tremendo. Y el menú era más rico que el del día anterior. Había mucha más comida. Un primer plato con queso griego frito, unos bollitos con carne de cordero, envueltos en una hoja amarga –ahora no me acuerdo cómo se llama-, con especias. ¡Qué sabroso! Ensalada griega y tres clases de postres.

En ese viaje conocí a una parejita de recién casados, de Jaén; y a una madre y su hija, que venían desde Zaragoza y estuvieron también en el tour del día anterior. Al final me quedé con ellas, comimos juntas y cuando el autocar nos llevó de regreso a Atenas, nos fuimos las tres a la colina de Lycavittos, a la que se sube en funicular.

Desde allí arriba se ve toda la ciudad de Atenas, ¡es preciosa la vista! En una terraza blanca te atienden unos mesoneros guapísimos. Nos comimos unos helados de pistacho, acompañado con jarabe de caramelo. En Grecia el pistacho es un producto muy rico, es pistacho autóctono de la Isla de Egina.

Fue toda una odisea subir las interminables escalinatas por la calle Plutarcho para llegar hasta el funicular. Al final de la velada regresamos a nuestros hoteles, y esa noche que era luna llena cené algo que me compré en un supermercado y me quedé viendo en la tele los viejos seriales de Who’s the boss y The Nanny. ¿¿Te acuerdas? Cómo me reí.

Ahora que me acuerdo de estos días me río un montón y me da gusto recordarlo, porque de verdad fue muy agradable.

El último día de excursión era a las Islas del Golfo Sarónico: Poros, Hydra y Egina. Fuimos primero, en autocar hasta el Puerto del Pireo, donde embarcamos en el ferry; te envío las fotos para que lo veas: tres plantas llenas de japoneses, chinos y las peruanas que conocí, que estaban también recorriendo Grecia de viaje, como las Chicas de Oro.

Pero aquellas venían desde Jerusalem y eran mucho mayores, de entre 70 y 80 años. Allí estaban las dos como dos robles en el barco, viajando por el mundo. Yo me apeé del barco con la más joven de las dos, Dina –que por casualidad, vive en Atlanta.

Estuvimos en Poros, hermana, y ella sólo quería comprar cosas. Yo me iba a pasear y a tomar fotos. El agua del mar era clarita, el puerto lleno de barcos, yates y turistas de todo el mundo. Una islita muy pequeña y muy coqueta.

La segunda Isla fue Hydra. Más grande. No tienen carros. El medio de transporte en Hydra son las mulas. Nos hicimos muchas fotos con Dina. Ella me hizo montones de fotos con su cámara y yo le di tu teléfono, para que te llame y las conozcas. Son muy lindas las dos viejitas.

En Hydra había un mercado súper bonito, alrededor de una iglesia ortodoxa, pequeñita: La Iglesia de San Jorge. Por dentro era preciosa; hice montones de fotos también. Había una torre pequeñita y un Museo que puedes ver en quince minutos. Yo me fui a ver el Museo antes de que zarpara el barco.

Luego, a bordo nos dieron la comida y hubo un show muy divertido con bailarines griegos. Tocaron la música de la película que tanto me gusta, Zorba el griego de Antony Queen. Después me fui a cubierta un buen rato. Me senté y me puse a contemplar el agua tan azul y tan limpia y las gaviotas volando muy cerquita del barco; casi podías tocarlas. ¡Era un espectáculo bellísimo!

En el horizonte se veía el perfil de las islas. Era un día muy claro; el cielo nítido y abierto. ¡Maravilloso! Y yo no me mareé ni me insolé. La gente estaba muy animada y relajada. ¡Todo el mundo era muy amable!

La última isla era Egina. Como es la más grande de las tres, te daban a elegir entre dos excursiones. Yo escogí la excursión clásica que lleva al templo de Afasia, una antigua diosa griega del mar. El recinto también está en buenas condiciones, pero la zona es árida.

Luego, te llevan por los campos de pistacho hasta la Iglesia de San Nectario, que es bastante grande y te hacen un recorrido por la tumba del Santo y los interiores de la Iglesia, que es bellísima.

El último día, como mi avión salía a las 2, me levante muy temprano porque todavía me quedaban muchas cosas que ver en Atenas. Quería ver el Museo de Arte cicládico, y dos Museos más que están en el centro de Atenas, en la zona de la plaza Syntagma. Me fui hasta allí y en tres horas me recorrí primero, el Museo Bizantino.

Luego, me fui al Museo de Benaki, que es una colección privada de distintas épocas: clásica, bizantina, romana, etc. Pero allí no te permiten tomar fotos y tampoco tenían un libro de la colección. Fue una pena porque me encantaría tenerlo. Aún me dio tiempo a hacer el recorrido completo por las dos plantas repletas de salas y obras maestras, entre 25 y 28 salas, más o menos.

Y finalmente, a eso de las 10 y media de la mañana entré en el Museo de Arte Cicládico; el edificio es precioso. Me pareció el más bonito y mejor conservado de los tres. Tiene cuatro plantas. Pero una de ellas estaba cerrada, la de arte de las islas cicládicas; lamentablemente no pude verla. Había también exposiciones de arte geométrico, arte clásico, vasijas áticas.

Y, en la última planta una exposición muy bien montada sobre la Vida Diaria en la Grecia Antigua, a partir de los restos arqueológicos. Había dos películas documentales en una sala oscura, con proyecciones de los dibujos de las vasijas clásicas. ¡Impresionantes! Vale la pena pasar allí un par de horas.

Salí de allí con el tiempo justo para recoger mi maleta en el hotel, irme en el metro hasta el aeropuerto y embarcar hacia Zurich. Éste ha sido el mejor viaje que he hecho hasta ahora, junto al de Israel. Pronto bajaré las fotos para que puedas verlas.

Creo que voy a volver, porque hay muchas cosas que todavía quiero ver; como los sitios de Kalambaka, Eleuisis y Meteora; el antiguo cementerio de Kerameikos y el Templo de Zeus Olímpico en Atenas, que no me dio tiempo de ir.

Un beso grande y todo mi cariño. Te recomiendo que hagas este viaje en cuanto puedas, hermana. Grecia es mucho más bella y mágica de lo que la gente dice. Es mucho mejor verlo personalmente que en las fotos de los libros, lo digo por experiencia; pues acabo de cumplir uno de mis más grandes sueños.

¡Te quiero mucho!

Aquí termina esta larga epístola de mi travesía por Grecia. Recordarlo a través de este mensaje a mi hermana fallecida ha sido indescriptiblemente emotivo para mí. He podido apreciar mejor las pinceladas con que mis palabras describieron aquel viaje y los buenos momentos vividos.

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miércoles, 24 de febrero de 2021

Del Mood o El Arte de Escribir

 


El arte de escribir es la cosa más milagrosa de cuantas el hombre ha imaginado. -Thomas Carlyle

En El Derecho a Escribir, Julia Cameron llama la atención acerca de ese perfeccionismo insidioso de algunos escritores -algunos otros, nunca yo-, que bloquea toda expresión creativa, toda espontaneidad, e imposibilita casi completamente que una nueva historia pueda llegar a  nacer.

Sólo queremos escribir, pero queremos escribir bien. Aunque no sabemos exactamente qué significa. Para algunos, escribir bien puede ser cómo-me-siento-el-día-de-hoy, es decir: con qué pie me levanté de la cama; a esa cualidad Cameron le llama mood. Es el humor (o mal humor) del artista. Pero escribir bien, no significa nada realmente.

Según el mood de cada día nos damos o no permiso para expresar al artista que vive dentro de cada uno. Admito que me siento identificada. Mayormente, en los últimos meses me he propuesto escribir cada día –todos los días-, al menos una hora. Si puedo, más. Esto implica casi siempre, tener algo qué decir.

Pero no es solamente el hecho de que el escritor se quede sin temas sobre los cuales narrar. El hecho mismo de crear una historia, por breve que esta sea, puede ser todo un reto. Y sí, esto depende mucho de mi mood.

Pero entonces, tengo que convencerme de una cosa; algo que no sé si Cameron ha dicho antes que yo. Sólo tengo que convencerme de que una vez que haya empezado a escribir, la excusa, -la resistencia, el parásito-, dará paso y simplemente, me estaré dando permiso de expresar lo que sea que quiera expresarse a través de mí. 

El mood puede variar tanto como el clima. El mood es de hecho, la manifestación del clima personal y emocional del escritor. Y si, ¿simplemente lo dejo ser, si solamente permito que suceda? ¿Acaso alguien puede impedir que llueva? Quizás entonces, algo interesante pueda surgir. Es cuestión de permitir.

Pero hay un requisito indispensable o dos, si somos un poco más meticulosos. El primero de ellos incuestionablemente es, apagar al sensor interior. ¡Nada de críticas! (ni autocríticas). Se trata simplemente de permitir que algo suceda, aunque todavía no sepamos qué es. Y el simple hecho de hacerlo puede llegar a ser toda una serendipia.

El segundo requisito es, dar rienda suelta al jaguar de lo inesperado, a esa imaginación sin límites que nos habita en lo recóndito de nuestro ser de escritor. Podemos sencillamente dejarle abierta una puerta trasera sin pretender nada, salvo que lo inesperado aparezca. Y cuando esto suceda, divertirse, jugar; como juegan los niños en la playa sobre la arena.

Mi mood  el día de hoy era nubarroso y se encontraba por cierto, bastante reticente. Estuve buscando mil excusas para no hacer, para evitar sentarme frente al ordenador y escribir estas letras. Pero tenía una cita previa, un compromiso que adquirí desde principios de año. Tengo el deseo y la intención de rescatar del olvido a ese niño que ama jugar en la arena, sacarlo a pasear todos los días y dejar que suceda lo que quiera suceder.

De modo, que llegué a un acuerdo tácito con mi mood: -Sí, ya sé que quieres mantener la hegemonía- le dije condescendiente-. Pero afortunadamente, la demanda del niño siempre es más fuerte y al dejar que las letras surjan sucede lo inesperado; casi siempre venzo al tedio y cede la resistencia del hábito pegajoso y negligente de no ser yo misma.

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viernes, 19 de febrero de 2021

MEMORIAS DE GRECIA


 

En el año 2008 hice mi primer viaje a Grecia, fue el primer reencuentro con la Antigüedad y un sueño cumplido de mi juventud. Desde que puedo recordar he sentido una profunda admiración por los antiguos griegos y las maravillosas expresiones de su arte, su cultura, filosofía, teatro…

Uno de mis primeros intentos frente a la máquina de escribir fue una novela corta acerca de la tragedia griega. Estaba en mi primer año de estudios de Arte, en la Universidad Central y la asignatura de Estética me había cautivado; era mi primer encuentro con el pensamiento griego y la belleza de las formas que este pensamiento dio a luz.

La novela breve tenía como marco la imagen de un cuadro que reposaba sobre la mesa del teléfono en la que fue la casa de mis padres en Venezuela. Era la imagen de Irene de Monet, una copia serigrafiada que llevaba varios años en la familia. Se trataba del retrato del perfil de una joven pelirroja; aquella mirada triste y angelical me contaba sus sueños desde una ventana.

Desde la ventana a través de la cual el personaje de aquella historia observaba su universo, un universo mítico, en la remota Creta. Entonces, vinieron los estudios de la historia de aquella isla mítica, la investigación de los dioses y de la mitología cretense; el Minotauro, el Laberinto. Y el hilo de Ariadna. Poco a poco, fue hilvanando la trama a través de los ojos de Irene. Así nació Las Columnas de Minos.

El resultado fue aún más trágico de lo que esperaba; era mi aventura en aquella antigua manera de narrar. Pero muy nueva para mí. Yo me dedicaba a explorar y a ensoñar a través de la niña pelirroja del cuadro, como si yo fuera ella y empezara a recordar mi procedencia. De hecho, años después de escribir el piloto retomé la historia y le di nuevos giros, desarrollé los personajes y me sumergí un poco más en el teatro griego. Leí a Sófocles, a Esquilo, Aristófanes…

No buscaba ni pretendía nada más que contar lo que la niña pelirroja veía a través de su ventana, y resultó un largo periplo hasta la arcana Grecia. Todo lo mítico y heroico que permanecía dormido en los clásicos, comenzó a despertar en la historia y a hablarme. Yo realmente, buscaba adentrarme en ese universo mágico donde los dioses y los hombres todavía compartían la tierra.

Mi viaje a Grecia sucedió mucho tiempo después; pero aún persistían dentro de mí los ecos de aquella voces míticas: las del Minotauro herido en el laberinto y las de Arcadio –el protagonista de aquella historia-; un hombre que se encontró más allá en la convivencia con los dioses, sin traspasar el velo de la muerte.

La historia concluyó en tragedia como era de esperarse, pero algo traspasó ese límite y se convirtió en mito, como suele pasar en la historia griega. Y aunque no era mi intención, en mi viaje a Grecia vi lo que Irene estaba viendo a través de aquella ventana, con mis propios ojos: el amplio Egeo extendiendo sus brazos hacia el norte; la futura promesa de un nuevo libro años más tarde.

 

Me dediqué a pasear por Atenas como lo hizo Pericles en la Edad de Oro, orgulloso de ser parte de la polis más amada por el Olimpo. Contemplé sus valles y colinas con el inevitable eco de los héroes en las glorias de batallas pasadas. Admiré sus frisos y catacumbas sabiendo que allí debajo yacían los hijos de los dioses y los héroes.

Con reverencia, contemplé el Partenón cada noche desde la ventana de mi hotel, sabiéndole el testigo memorable de antiguas edades preclaras. Y la voz profunda de Sócrates despertando la consciencia de un pueblo joven y orgulloso. Así quería que fueran las memorias de Irene, como las impresiones que surgieron durante mi viaje.

Y otras más llegaron a iniciar un nuevo juego, con La Verdadera Historia de Atlante. Antiguos dioses griegos y semidioses creando nuevos mundos.

Volveré a Grecia antes de partir de este mundo, porque en Grecia comprendí que mi casa es la Tierra y que para los griegos –no importa si antiguos o nuevos-, si tu barco atraca en el Pireo, ya eres griego.

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miércoles, 17 de febrero de 2021

HOMERO Y LOS PERSONAJES DE LA TIERRA ARCANA

 



Crear una historia se puede comparar al oficio de tejer o de hilar algodón; es muy importante seguir la trama y no saltarse ningún punto. Por eso, a la exposición de los eventos de una historia se le conoce como trama narrativa. Si el escritor se pierde en la trama con seguridad también lo harán quienes lo leen. Y, aunque cierto grado de extravío es aceptable en toda historia, de todos los elementos de la trama el único que jamás se debe perder de vista es el personaje.

Mis primeras lecturas de la Ilíada sucedieron hace tanto tiempo que me resulta difícil recordar exactamente cuándo. Y sin embargo, me es imposible olvidar el efecto que sobre mí causaron los personajes principales; como Agamenón, Príamo, Héctor o Aquiles. Homero me cautivó por la rectitud e inmediatez con que sus personajes tocaron mi fibra sensible.

Fue inevitable entonces, que para reflejar el talante heroico de los personajes de la Trilogía de la Tierra Arcana tuviera que irme a beber de nuevo, de las fuentes de Homero. Y quedarme una y otra vez, prendada de la nobleza de un príncipe como Héctor, de la sagacidad de Ulises y la destreza inigualable de un soldado como Aquiles en la lid.

En gran medida, sus palabras y la manera en que todos ellos se expresan dan cuenta del carácter correspondiente a la talla de los eventos que cada uno de ellos tuvo que enfrentar. Su discurso y sus decisiones me enseñaron a comprender al héroe en el que quería reflejarlo y sobre cuyos hombros deseaba posicionar el mayor peso de la trama, que estaba en marcha.

Así nació el rey Atlante Pelayo.

Siempre prefiero que sean los mismos personajes quienes respondan a la inevitable cuestión: ¿quién es o quién era… Y en el caso de Atlante las presentaciones no serían más elocuentes que su propia historia. De allí, el título del primer libro. Su historia representa casi enteramente, a quién refiere. Pero de eso trataré en otro post.

Ahora me baste con señalar que Atlante fue la potencia que sentó precedente para las generaciones venideras en el universo al que fue destinado, la Isla Blanca. Y el coro de los personajes que lo rodean está contribuyendo enormemente en crear su leyenda hasta la más elevada estatura.

No podemos olvidar a la mano derecha, el fiel gran amigo de Atlante, el sabio Quirón; personaje que teje gran parte de los hilos fundamentales de esta historia. Sin un sabio como Quirón no sería posible crear un genio de la talla de nuestro protagonista. Quirón viene como ya muchos prevén, de la añeja mitología griega. Y aunque Homero no lo reseña en su aventura de Ilión, está claro que su pupilo más destacado es el héroe inmortal de Troya, Aquiles.

Aunque mi interés en Quirón era dejar la huella de su influencia en el temperamento valeroso de su amigo; del mismo modo que  la imprimió sobre Aquiles, jamás osaría comparar a la máquina de matar que fue éste con el rey valiente y bondadoso de La Verdadera Historia de Atlante. Por muchas razones. La primera y la más importante de ellas: mi amor por el personaje de esta historia me lo impide.

Atlante fue creciendo paso a paso a partir de su propio fuero y destreza; muchas veces sin la ayuda de su amigo Quirón. Y es que la historia que de él debía ser contada, es una leyenda de aventuras pero también de entrega. Una gran entrega.

Y en eso consiste su historia, que aquí no se pretende contar. Sólo dejar constancia del valor que precisó tanto para el personaje como para mí misma contarla, a través de los labios de su mejor amigo, el sabio centauro y maestro de Aquiles.  

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viernes, 12 de febrero de 2021

LOS ORIGENES DE ATLANTE

 


Hace ya muchos años que escribí el primer libro de la Trilogía de Arcana, La Verdadera Historia de Atlante. El primer borrador lo empecé hace más de 20 años, cuando casi nadie leía libros del género fantasía. De modo, que recuperar mis memorias no será tan fácil como a mí me gustaría, pero haré mi mejor esfuerzo.

Acababa de regresar a mi país natal Venezuela, después de 8 años de libertad en España –la libertad de vivir sin el insoportable agobio de la familia… Y un buen día decidí que quería sentarme a escribir, otra vez. En España me había leído ya una vez, el gran tomo de El Señor de los Anillos –obsequio de un amigo artista.

La lectura de Tolkien me cautivó como era de esperarse, sin previo aviso; la musa me empezó a susurrar al oído. Pero yo no estaba lista todavía para seguirla. Recuerdo que me limité solamente a tomar notas en mis sempiternos cuadernos de cabecera; los que he llevado desde hace cien años, antes de haber sabido siquiera que existía Julia Cameron.

Con cientos de apuntes y bosquejos aquí y allá y con muy poca experiencia para manejar tan grande empresa, no sólo decidí escribir decidí también esperar lo inesperado. Y como tiene que pasar cuando se dejan las puertas abiertas, toda clase de criaturas comenzaron a entrar desde remotas dimensiones.

Recuerdo que entre mis apuntes saltaban por todas partes bosquejos de dioses e historias de la Antigua Grecia¸ mi antiguo gran amor. Me fue de gran ayuda recuperar el volumen de la Ilíada de Homero y leerlo como quien se lee las noticias. Pero entonces, resultó que nuevas historias y personajes comenzaron a hablar y a saltar por todas partes, y yo ya no tenía suficientes dedos para contarlos y para estamparlos a todos contra las teclas de mi nuevo y flamante ordenador de escritorio.

La empresa como me temía, se volvió casi ingobernable. Aunque la historia ya estaba andando por sus propios pies, hubo momentos en los que no sabía hacia dónde me estaba dirigiendo; éste es un lugar común en casi todas mis obras. Aunado a ello se perfilaba una estimulante experiencia en mi vida, llena de novedad y promesas; empezaba mi trayecto por el camino de la meditación.

Esto pareciera poca cosa contado de esta manera, en tan sólo unos cuantos párrafos, y sin embargo, aquel momento de mi vida estaba rebosante de magia y misterio, como pocas veces se ha vuelto a repetir. Cuando se es joven e inocente, la vida siempre te sorprende.

Y la Musa también. ¡Bendita sea! Me trajo un enorme regalo: una orquesta o, más bien, una sinfonía de historias que todavía no terminan y que hablan de un hombre, un soberano que recorrió miles de mundos; de la amistad verdadera, y de la capacidad de seguir soñando, pase lo que pase. Así empezó La Verdadera Historia de Atlante.

Así empezó digo, y así sigue, porque la historia no acabó. Incluso, después de terminar el Tercer Libro. Todavía quedaba mucho que contar. Y todavía queda. La Trilogía resultó ser un momento de reencuentro con otros mundos que habitaban olvidados dentro de mí; como le debe de pasar a muchos escritores.

Atlante Pelayo dejó una huella imborrable en el campo de mi trayectoria como escritora. Fue un antes y un después. Después de la Primera Historia, ni yo ni el mundo volvimos a ser los mismos. Sobre el destino de Atlante prefiero dejar que cada lector lo descubra por sí mismo, entre las páginas del libro. Y aquellos que ya lo conocen pueden dejarme aquí sus parabienes.

En breve, saldrá la segunda edición.

Aquí te dejo el enlace al libro La Verdadera Historia de Atlante en Amazon.

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En la próxima entrega les compartiré anécdotas de mi viaje a Grecia, y de cómo aquí reconocí la huella de Atlante.

 

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John Lennon. El artista que me enseñó a imaginar un nuevo mundo.

  El arte es como el hilo de Ariadna, un conductor y un unificador de la experiencia humana. -Esperanza Theis aka Leela Khandro. Hoy, me he ...